Ya has dejado de sentirte como una víctima, has hecho un gran trabajo contigo mismo, pero ¿por qué sigues sin sentirte del todo a gusto en el mundo? Analicemos juntos el siguiente paso de nuestro camino: una participación en pie de igualdad, una forma de vivir y colaborar sin jerarquías, sin jefes y sin expectativas hacia los demás.
Uno de los principios que ya ha comenzado a manifestarse, y que se convertirá en la base de nuestro futuro próximo, es precisamente la participación en pie de igualdad: es decir, la postura proactiva y responsable de cada uno de nosotros.
A día de hoy, la mayoría de las personas aún no están preparadas para este salto. La razón es sencilla: entre el estado de sanación interior y la verdadera implicación activa en la sociedad, se interponen toda una serie de fases intermedias que requieren tiempo y conciencia para ser superadas.
No estamos hablando de egoísmo o de consumismo en el sentido habitual del término, donde la mentalidad es «yo, yo, yo» y no importa lo que les pase a los demás. Se trata más bien de una fase natural de sanación: muchos de nosotros nos hemos vuelto profundamente introvertidos y nos hemos encerrado en nosotros mismos para protegernos. Al encerrarnos tanto, hemos perdido finalmente el sentimiento de insatisfacción hacia el mundo exterior. Han desaparecido la irritación, la impotencia y la actitud descaradamente victimista. Y esto es un logro maravilloso.
Pero hay una cara oculta de la moneda: junto con estas emociones pesadas, también ha desaparecido la necesidad de integrarse en la sociedad, de participar en los procesos de la vida y, con mayor razón, de intentar cambiarlos.
La paradoja del mundo actual radica en el hecho de que precisamente quienes intentan «modificar» activamente la realidad a su antojo (quienes protestan a gritos, quienes critican constantemente) suelen estar movidos no por una verdadera fuerza interior, sino por un profundo sentido de victimismo. Su principal motivación es la insatisfacción y la expectativa de que alguien más (el Estado, la sociedad, las instituciones) deba cambiar las cosas.
En esta lógica distorsionada, el individuo cede su poder a estructuras externas y espera resultados. Y cuando, inevitablemente, estas expectativas no se cumplen, surge un trasfondo constante de quejas, conflictos internos y rabia. Nosotros estamos tratando de ir más allá de todo esto.
El primer paso hacia una participación en igualdad de condiciones: salir de la mentalidad de víctima
Cuando una persona sale realmente de la mentalidad de víctima, se produce un enorme cambio interior. Su energía cambia. Se eleva por encima del denso nivel de las quejas y de la conciencia colectiva basada en el miedo (lo que a menudo llamamos el mundo 3D). En este estado de paz, la persona se vuelve autosuficiente, autónoma y, sobre todo, soberana interiormente. Ya no depende de la aprobación o de las acciones de los demás para sentirse bien.
Los acontecimientos externos caóticos siguen ocurriendo, a veces literalmente a las puertas de casa, pero dejan de tener una influencia destructiva sobre nosotros. Esto no significa que nos volvamos insensibles o que perdamos la empatía hacia los demás. Simplemente, para dejarse arrastrar por esos dramas, es necesario tener un «gancho», una conexión energética con ese campo basado en el conflicto. Y para quien ha salido del papel de víctima, esa conexión ya no existe. Es como si nos hubiéramos sintonizado en una frecuencia de radio diferente.
Precisamente por este motivo, muchos de nosotros hoy miramos el mundo y, sinceramente, ya no conseguimos que nos perturbe lo que, en cambio, aterroriza a quienes nos rodean. Al no estar ya inmersos en esas viejas dinámicas, ya no percibimos su peso y no resonamos en ellas. Esta es una consecuencia natural y saludable de salir del papel de víctima: se pasa a un estado de profunda integridad interior.
Cómo volver a la participación activa tras un periodo de introversión
Si encontrar la paz interior ha sido difícil, la fase siguiente lo es aún más: el regreso a la acción y a la proactividad.
Se trata de alcanzar ese estado en el que, si tu mirada se detiene en algo que requiere atención, surge un impulso natural y claro: entrar en acción, ir y hacer. Sin ansiedad, pero con intención.
Para muchos, esto significa tener que salir de su nido seguro y del espacio virtual para volver a ensuciarse las manos en la realidad física. Este paso da especialmente miedo a las personas profundamente introvertidas, que durante años se han alejado de los procesos sociales para poder curarse y reencontrarse a sí mismas.
Los extrovertidos, por su parte, viven este ciclo de manera diferente. A menudo atraviesan un periodo de calma y de aparente aislamiento que les confunde. Es fundamental no interpretar esta calma como una pausa negativa o un paso atrás. Se trata más bien de un estado de transición.
Externamente puede parecer que «no está pasando nada»: hay menos ganas de salir, las actividades disminuyen, no hay mucha respuesta del mundo exterior y todo parece ralentizarse. En realidad, precisamente en el silencio de este momento, se está produciendo una reorganización interna masiva. Se están recargando las baterías y se está preparando el terreno para el siguiente nivel de participación en el mundo.
Creación colectiva sin jerarquías: hacia dónde nos dirigimos
El verdadero periodo de participación colectiva —en el que será natural unirse, moverse juntos, proponer soluciones y actuar de forma constructiva— aún está por llegar. Si observamos la sociedad actual, vemos que la mayoría de las personas aún no están preparadas para este tipo de interacción. Y no es por falta de buena voluntad, sino debido a los viejos hábitos y a las distorsiones acumuladas sobre los conceptos de colaboración, responsabilidad e igualdad. Nos han acostumbrado a pensar que siempre debe haber un jefe que manda y alguien que obedece.
Sin embargo, es interesante observar que, en el pasado, muchos de nosotros ya hemos experimentado formas puras de creación colectiva, en forma de voluntariado o de acciones espontáneas.
Recuerdo, por ejemplo, cuando de repente me convertí en escritora de un blog. No tenía ni idea de cómo se hacía, pero, impulsada por la pasión, escribía. Creé un sitio web partiendo literalmente de cero. Hacía mil cosas a la vez e intentaba aprender rápidamente todo lo que necesitaba. Lo hacía todo sola, de forma totalmente voluntaria. Mi único deseo era que esos valiosos mensajes llegaran al mayor número posible de personas. La energía surgía del entusiasmo, no del cálculo.
Hoy, sin embargo, la situación en el mundo parece haber cambiado. Incluso el voluntariado contemporáneo a menudo se ha «contaminado» y presupone una jerarquía: se cree que, para que un proyecto funcione, alguien debe necesariamente subirse a un pedestal, autodenominarse «maestro» o «líder» y situarse por encima de los demás.
Pero el verdadero formato de la participación paritaria es diferente: todos son iguales, no hay gurús, y cada uno contribuye simplemente con lo que ama y sabe hacer. Este modelo sigue encontrando mucha resistencia debido a los residuos de la vieja forma de pensar: las expectativas tácitas, los límites personales no respetados y la habitual y pesada pregunta: «¿Quién le debe qué a quién?».
Estas distorsiones mentales aún deben ser «limpiadas» dentro de cada uno de nosotros. Por otro lado, ya existen ejemplos de interacción pura, donde se colabora sin competencia y sin condiciones ocultas.
Nuestro objetivo es precisamente avanzar en esa dirección. Un formato así es absolutamente posible, pero requiere un altísimo nivel de madurez interior por parte de todos los involucrados. Solo funciona cuando se abandonan los dobles fines y cuando cada uno ofrece espontáneamente su talento.
En esencia, se vuelve a un principio antiguo pero renovado: «De cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus capacidades». Pero, esta vez, vivido con la libertad del corazón, sin forzamientos, obligaciones ni distorsiones.
Participación paritaria en la práctica: cuando no hay nada que esperar
La clave para comprender realmente la participación paritaria es entrar en un «estado de creación». Es ese preciso instante en el que miras delante de ti y ves que «no hay nada». Para que algo aparezca y tome forma, tú debes ser quien inicie el proceso. Nadie más lo hará por ti.
Podemos compararlo con nuestra primera experiencia real de vida independiente fuera de casa. Mientras no salgas a comprar comida, tu nevera permanecerá vacía. Mientras no te pongas a los fogones y cocines, no habrá nada que comer. Puedes tener la cartera llena de dinero, pero si falta tu acción concreta, el resultado no llega y la cena no aparece en la mesa. En un momento dado del crecimiento, se hace evidente para todos: nada sucede por sí solo.
A nivel global y social, las cosas funcionan exactamente de la misma manera. Si no damos el primer paso, si no intentamos unir a las personas de forma sana, si no nos comprometemos primero con un proyecto, las cosas no cambiarán por arte de magia. No surgirán por sí solas nuevas casas, nuevas comunidades, nuevos proyectos o nuevas formas de vida. La verdadera creación siempre comienza con una idea seguida de la disposición práctica a actuar, dejando de esperar para siempre a que llegue un salvador desde arriba a hacer el trabajo sucio.
Es exactamente a este nivel de conciencia al que la vida nos está conduciendo gradualmente. Se nos pide una actividad madura: una creación colectiva alegre, sin el peso del sacrificio, sin falsas expectativas hacia el prójimo y, sobre todo, sin esas viejas jerarquías basadas en el control y el miedo.



