This post is also available in
Español
El período de crisálida: cómo mantenerse a flote cuando la vida te pide que te detengas (y no te agites)
Hay un momento en el ciclo vital de cada uno de nosotros en el que el mundo exterior parece perder sus colores, los sonidos se vuelven apagados y el único impulso que sentimos es el de retirarnos. No es depresión, no es pereza, ni siquiera es rendirse. Es algo mucho más antiguo y biológicamente necesario.
En psicología, a menudo se habla de este estado como aislamiento o cierre. Pero en el lenguaje del alma, este es el período de crisálida. Es una fase de reinicio total, un momento en el que la vida, tal y como la conocemos, se pone en pausa. Es la sensación de una existencia suspendida, a veces incluso un estado de ausencia mental, en el que el «hacer» pierde todo su significado en favor de un «ser» confuso y silencioso.
Vivimos en una sociedad que premia el florecimiento constante, pero la naturaleza nos enseña que no se puede florecer todo el año. Aceptar este invierno interior es la clave para no quebrarse. Hoy exploraremos cómo atravesar esta fase de «encierro» sin caer en la autocompasión, transformando un momento de aparente debilidad en la mayor oportunidad de regeneración.
«Cacerola, no hiervas»: la presión de la transformación interna
Existe una metáfora perfecta para describir el comienzo de esta fase: el cuento de la cacerola mágica. «Cacerola, no hiervas». Durante el periodo de crisálida, sentimos exactamente eso: una presión interna que aumenta, algo que hierve bajo la superficie, pero que no encuentra salida al exterior.
Es una paradoja energética. Por fuera, parecemos quietos, casi letárgicos. La actividad física se reduce al mínimo, las ganas de emprender nuevas acciones son inexistentes, la actividad mental parece estar en pausa. ¿Pero por dentro? Por dentro hay un volcán. Las emociones reprimidas durante mucho tiempo afloran sin previo aviso; los pensamientos, las conciencias y los viejos recuerdos explotan con una fuerza que nos asusta.
En esta fase, la «ollita» corre el riesgo de desbordarse. Hierve todo lo que hemos tragado, todo lo que ha madurado en silencio. Y nuestro primer instinto es intentar tapar la olla, obligarnos a volver a la «normalidad». Pero ahí es precisamente donde nos equivocamos: ese hervido no es un síntoma de enfermedad, es el calor necesario para derretir la vieja forma y preparar una nueva.
La ilusión de la espiritualidad «de buen tiempo»
¿Por qué es tan difícil aceptarse en este estado? Porque nuestro ego espiritual es un «amigo de las buenas», un amigo que solo está ahí cuando brilla el sol.
La forma en que nos sentimos y nos percibimos depende drásticamente de tres factores que, con demasiada frecuencia, se convierten en nuestros tiranos internos:
- El estado de ánimo: nuestras emociones momentáneas.
- El estado: si nos sentimos ricos en recursos o vacíos.
- El bienestar físico: la salud del cuerpo.
Seamos sinceros: cuando te sientes bien, estás en forma, tienes buen humor y las ideas fluyen, es muy fácil sentirse una persona «evolucionada». En esos momentos, te miras al espejo y ves a una persona espiritual, respetable y equilibrada. No necesitas prácticas, esfuerzos ni disciplinas: eres la encarnación de la armonía.
Pero, ¿qué pasa cuando el sistema falla? Basta con un resfriado, un cansancio crónico, un momento de vacío creativo, y la aceptación de uno mismo se derrumba como un castillo de naipes. Muchos de nosotros vivimos con la ilusión de que el estado de fluidez, expansión y vuelo es la única forma «correcta» de estar. En consecuencia, todo lo que está por debajo de este estándar se etiqueta como un fracaso.
En ese momento, se activan los mecanismos de defensa más destructivos: la autocrítica feroz, la autoflagelación, el sentimiento de inutilidad. Si no somos lo suficientemente maduros, proyectamos este malestar hacia el exterior, culpando a los demás de nuestro malestar. Pero la verdad es que no sabemos amarnos a nosotros mismos cuando estamos deprimidos. Solo sabemos amarnos cuando volamos.
El reinicio del sistema: por qué no puedes saltarte esta fase
Los estados de crisálida no son errores en el camino. Se producen cíclicamente cada vez que concluimos un gran capítulo de nuestra vida y nos encontramos en el umbral de uno nuevo. Es un reinicio del sistema.
Imagina que eres un ordenador que tiene que instalar una actualización masiva. No puedes seguir trabajando mientras el sistema se reescribe. Tienes que apagarte. Esta pausa es vital para reorientar tus «localizadores» internos, para comprender qué, dentro de ti, aún resuena con tu antigua vida y qué, en cambio, debes dejar atrás. Tienes que captar el nuevo viento del cambio, y no puedes hacerlo si estás corriendo.
El problema surge cuando el ego entra en juego. Si el «apagón» dura dos o tres días, lo gestionamos. Pero, ¿y si el período de encierro se prolonga? Ahí comienza la guerra. El ego no acepta la inactividad. Comienzan a surgir el odio, la envidia, el resentimiento, emociones que tal vez pensabas que habías superado o que nunca habías sentido. Recuerda: en estos momentos también eres vulnerable a los procesos colectivos. Cuando estás «expandido», vuelas alto, por encima de las densas frecuencias de la colectividad. Pero cuando estás en crisálida, estás en tierra y puedes captar o absorber la pesadez del entorno que te rodea. En lugar de ofrecerte apoyo, corres el riesgo de caer en la codependencia, esperando que los demás te salven, para luego hundirte aún más cuando no lo hacen.
Entonces, ¿cómo podemos apoyarnos auténticamente sin destruirnos?
5 pasos para apoyarse en la crisálida (sin autocompasión)
La clave no es «salir» lo antes posible, sino habitarla con dignidad. Así es como se construye un andamio de apoyo para tu alma mientras el cuerpo se restaura.
1. Desarrolla la «liturgia» de las pequeñas cosas (rutinas y rituales)
En cualquier situación de caos interior, la primera regla es: cuida el contenedor físico. Cuando la mente está en tormenta, el cuerpo necesita anclas.
El estrés ama la incertidumbre. Las acciones rutinarias, en cambio, son el lenguaje de la seguridad para nuestro sistema nervioso. No me refiero a grandes disciplinas espirituales, sino a micro-rituales. Para mí, por ejemplo, la salvación está en la sagrada simplicidad de la mañana: levantarme, poner una música específica, prepararme un chocolate caliente con menta, vaciar el lavavajillas y fotografiar el amanecer.
¿Por qué funciona? Porque estas acciones no requieren decisiones. Son una vía por la que el tren puede circular incluso sin conductor. Cuando estés en la oscuridad, aférrate a lo que te resulta familiar. El secreto está en crear estos rituales antes de la crisis. Si integras acciones de cuidado personal en tu vida cotidiana, año tras año, se convertirán en automáticas. Así, cuando el mundo se derrumbe a tu alrededor y la fuerza de voluntad desaparezca, tu «piloto automático» no te llevará al frigorífico para atiborrarte ni a la cama para esconderte, sino a la esterilla de yoga, a dar un paseo o a escuchar esa música que sabes que te cura. Construye hoy el automatismo que te salvará mañana.
2. Respeta los tiempos de recuperación
Trata tu estado de crisálida como tratarías una fiebre alta o una recuperación postoperatoria. Cuando estás físicamente enfermo, no esperas correr una maratón al día siguiente. Te alegras por las pequeñas señales: «Hoy me ha bajado la fiebre», «Hoy he podido comer».
¿Por qué no hacemos lo mismo con el alma? Cuando estamos en «crisálida», a menudo intentamos frenéticamente forzar la curación. Lo queremos todo y lo queremos ya. Queremos volver a ser eficaces, luminosos, expansivos. Pero un capullo forzado a abrirse no se convierte en flor: muere. Si dejamos de resistirnos, si dejamos de aferrarnos con uñas y dientes a la antigua versión de nosotros mismos, el proceso natural de disolución se vuelve más suave. Date permiso para «digerir» la vida. La transformación tiene su propio reloj biológico que no responde a las órdenes de tu ego.
3. El arte de «no hacer»: determina tu mínimo vital
El estado de reinicio solo se vuelve insoportable cuando lo sobrecargamos con expectativas poco realistas. En esta fase, tu tarea es convertirte en un gestor implacable de tus energías. Siéntate y pregúntate: ¿Qué es lo que NO puedo hacer bajo ningún concepto?
Establece el «mínimo vital». Si tienes que ir a trabajar, ve a trabajar. Si tienes que alimentar a tus hijos, aliméntalos. ¿Pero todo lo demás? ¿Todo lo que es superfluo, social, performativo? Elimínalo sin piedad. El apoyo en estos estados está en tus manos, y a menudo la forma más elevada de apoyo es la sustracción. Si eres autónomo o trabajas en el ámbito creativo, este es el momento de la verdad. Si tu sustento depende de estar siempre «conectado», tal vez sea el momento de preguntarte: «¿Quiero seguir así? ¿Qué es lo que ya no me nutre?». Yo misma tuve que dejar de responder a todas las preguntas en el canal de Telegram o de publicar podcasts a un ritmo frenético cuando sentí que el coste energético era demasiado alto. Delegué, recorté, dije que no. No es un fracaso, es supervivencia estratégica.
4. Prácticas básicas: el salvavidas de la aceptación y la gratitud
Cuando no tengas fuerzas para grandes meditaciones o viajes astrales, vuelve a lo básico. La aceptación y la gratitud son las únicas prácticas que no requieren energía, sino que la generan.
Atención: no me refiero a una gratitud genérica y «azucarada». Me refiero a una gratitud áspera, de trinchera. Incluso en el estado 3D más denso, hay algo por lo que estar agradecido. La diferencia es que cuando estás expandido, estás agradecido por todo el Universo. Cuando estás en crisálida, estás agradecido por el café caliente, por las mantas, por el hecho de que el día haya terminado. Y eso está bien. Si integras la gratitud en tu rutina, creas un suelo bajo tus pies que te impide caer en el abismo sin fin. No podrás hundirte más allá de cierto límite si mantienes vivo aunque sea un ápice de aprecio por el presente.
5. Crea tu propia atmósfera «Hygge»: Calidez contra el frío interior
Cuando hace frío por dentro, calienta el exterior. El concepto danés de Hygge no es solo estética, es una terapia. En mi período de letargo, me rodeé de luces cálidas, velas y tejidos suaves. No me limitaba a encender una bombilla, sino que creaba un santuario. Esto no es superficial. Es un mensaje que le envías a tu niño interior: «Estás a salvo. Estás protegido. Aquí hay calor». El objetivo es calentarse, darse calor. Y no me refiero solo a la temperatura, sino a esa sensación de acogida que a menudo nos negamos cuando pensamos que no «nos la merecemos» porque no somos productivos. Enciende esa vela. Métete debajo de esa manta gruesa. Tu entorno exterior puede actuar como un útero materno mientras renaces.
Una reflexión final
La crisálida no es un lugar al que se va a morir. Es el lugar al que se va para convertirse en lo que estamos destinados a ser. No juzgues a la oruga que se derrite. No fuerces las alas que aún no están listas. Ten fe en la oscuridad. Porque es precisamente allí, en el silencio de ese «no hacer», donde tu nueva vida está dando su primer aliento.
¿Y tú? ¿Qué pequeños rituales o hábitos te ayudan a mantenerte a flote cuando el mar interior se agita?
This post is also available in
Español


Responses